loader image
54604

Rodolfo Arias

Ex-alumno, generación que inició en 1968

“Cuando matricularon a Rodolfo Arias en el Franco, era aun estudiante de Primaria del Edificio Metálico en San José, la Escuela Buenaventura Corrales. De hecho, lo primero que aprendió a decir en Francés fue “métallique”. Se lo pregunté a uno de sus profesores de francés, que no hablaban Español, en las clases que recibía en La Casa de los Leones del Paseo Colón. De niño atravesaba caminando la ciudad de San José en las tardes, para recibir los cursos audiovisuales en el recién inaugurado Liceo Franco-Costarricense, al que entro en 1969. En el recorrido diario que hacia entre el Barrio Amón y el Paseo Colón debía pasar por la zona del Mercado Borbón. Le gustaba observar los diferentes puestos del mercado y hablar con los vendedores.”

Después de 50 años, Rodolfo Arias es un consultor en Informática, profesor universitario y escritor. Cuando conversamos sobre la historia del Franco, lo primero que comenta -después de hablar de la situación política del país- es que al Liceo hay que observarlo entendiendo que, históricamente, como país, hemos tenido la mirada sobre Europa. No es de extrañar. El Estado nacional se organizo alrededor de la producción y exportación de café y nuestros cafetaleros hicieron negocios con Europa, por eso, la Estación del Atlántico, en San José, se llama al “Atlántico” y no al “Caribe”.

A finales del siglo XIX, la élite josefina tenia la mirada puesta en Europa e intento hacer de San José un pequeño París: con plazas, paseos, un Teatro Nacional imitando L’Opera de Paris. De ese San José diseñado con un claro objetivo de modernizar la ciudad quedan ciertos resabios. Por ejemplo, el Liceo Franco-Costarricense representa esa admiración histórica frente a Francia y lo francés. Así, es simbólico que la Casa de los Leones, esa vivienda de la burguesía cafetalera ubicada en el Paseo Colon, fuera el lugar donde se inauguró y se fundó el Liceo Franco-Costarricense. Rodolfo ve esa fundación como un acontecimiento. Fue inaugurado con toda pompa y la prensa cubrió el evento. En ese contexto nacional, donde la educación secundaria publica estaba en expansión y había muy pocos centros educativos privados -en general muy selectivos en términos económicos -circulaba en la opinión publica la idea de que se había añadido a la cultura costarricense un centro educativo de primer nivel, ademas, accesible en términos económicos. La selectividad estaba vinculada fundamentalmente por la categoría académica de sus estudiantes y no por su condición socio-económica.

“Yo pagaba 30 colones al mes el primer año y, cuando termine pagaba 90, en 5 años”. Sin embargo, a inicios de los años 70, un colegio privado en Costa Rica tenía mensualidades de cientos o varios cientos de colones. Junto con Rodolfo, estudiaron personas de una diversidad de orígenes sociales: así, hijos de ministros e hijos de pulperos coincidieron en ese proyecto educativo que, ademas, estuvo fundamentado en un robusto sistema de becas. Por otro lado, la calidad educativa que se esperaba de quienes estudiaban, también caracterizaba a sus profesores. Tanto los profesores franceses como los costarricenses tenían una solida formación en sus áreas disciplinarias y eran, asimismo, profesores universitarios.

En un experimento de educación binacional y bicultural como lo es el Franco, era de esperar que hubiera choques culturales. En el caso de Rodolfo Arias, lo primero que recuerda tenía que ver con la forma de vestirse. 0, por ejemplo, frente a la importancia que uno u otro sector le otorgaba al uso y al respeto de las normas del uniforme, el cual era, en ese entonces, faldas de cuadros para las chicas y luego pasaron a ser pantalones y faldas color vino, que, por cierto, “a nadie le quedaban bien”. En cuanto a la forma de abordar los planes de estudio también existían diferencias y, sin duda, en el trato y exigencia que se esperaba de los estudiantes por parte de los profesores.

Rodolfo una vez lloró y recuerda ese momento como el día en que aprendió la disciplina. Fue durante un examen de Matemáticas. Faltaban diez minutos para que terminara el tiempo de la evaluación, cuando se acercó Mr. Persin a decirle: “Arias, cochino”. El lapicero del colegial estaba goteando y su copia del examen era un desastre. El profesor no iba a recibirle esa copia llena de manchas, le dio un lapicero y le pidió que lo pasara, solo iba a recoger lo que estuviera en limpio. Muchos años después, escribió y publicó en su Facebook el episodio que marcó profundamente en su vida profesional y literaria. Es así como el explica que un consultor en Informática haya logrado hacer informes legibles, fluidos y sintéticos. Fue culpa del Franco y su enseñanza para ser sistemático: ordenarse, pensar, maximizarse, no ser mediocre y, ademas, no ser sucio.

La experiencia de Rodolfo esta cargada de historias de personajes. Por ejemplo, el profesor Boufflers, quien era doctor en Matemática; llegó a Costa Rica como profesor del Liceo y, ademas, por un convenio de cooperación con la Universidad de Costa Rica, este señor jugaba ajedrez contra las estudiantes pensando en voz alta. Otro fue un profesor de Física y corredor de rally, una vez, sin que existiera la carretera Bernardo Soto, llego a clases con una gran energía y les dijo que su objetivo de la mañana había sido ir desde San José a Puntarenas en menos de una hora: llego al puerto a la hora. Para Rodolfo Arias, el papel que ha jugado el Franco en la sociedad costarricense se expresa, sobre todo, en la vida de las “ex francos” y la formación intelectual que recibieron: “yo no seria lo que soy a nivel político, mi sentido social, indagatorio, critico, viene mucho del Franco. Ademas, de un acceso a autores y a la literatura importante”, recuerda “lo que era estar en clase de literatura francesa leyéndonos lo que se considera el primer documento existencialista, escrito por Rousseau: el tipo ahí asilado llega a la conclusión de que existe … y me acuerdo que a la profesora se le iluminaba la cara por la palabra, la precisión de la idea”.